La diputada federal Abigail Arredondo advierte que la reforma electoral debilita instituciones, ignora al crimen organizado y destruye avances históricos.
La discusión ya no gira en cómo mejorar la democracia, sino en cómo evitar que se desmonte desde el poder. En medio de un entorno político marcado por la polarización y el control institucional, el debate electoral se ha convertido en un campo de tensión donde las reglas dejan de ser parejas. El uso sistemático de la comunicación oficial y la concentración del discurso público han alterado el terreno. Ya no se trata solo de leyes, sino de quién define las condiciones del juego. Y eso cambia todo.
En ese contexto, la diputada federal Abigail Arredondo fijó una postura frontal frente al rumbo que ha tomado la reforma electoral. Desde su posición como presidenta del PRI Querétaro, advierte que legislar de forma arbitraria no solo rompe acuerdos, también traiciona décadas de construcción democrática. La legisladora sostiene que eliminar herramientas como la revocación de mandato o manipular su esencia implica golpear directamente a la participación ciudadana. Para ella, el problema no es técnico, es de fondo: el poder imponiéndose sobre las reglas.
Lo que está detrás de esta discusión, plantea la líder priista, es mucho más profundo que una reforma legal. Se trata de ignorar deliberadamente los problemas que sí están erosionando la democracia: la infiltración del crimen organizado, la distorsión de la representación política y el uso del chapulineo como mecanismo de control. Son temas que llevan años señalándose y que, sin embargo, quedan fuera del dictamen. Esa omisión no es casual, advierte, es parte de una estrategia que evita tocar lo que incomoda.
Desde esa lectura, el actuar del oficialismo revela un patrón claro: modificar lo que estorba y proteger lo que beneficia. Abigail Arredondo señala que mientras se debilitan órganos electorales y se presiona la autonomía de los poderes, se mantienen intactas prácticas que distorsionan la voluntad ciudadana. El contraste es evidente: se habla de democracia, pero se actúa para concentrar el control. Y en ese proceso, las instituciones dejan de ser contrapeso para convertirse en herramientas.
Hay algo más que también está en juego. No solo son leyes, son años de lucha, de personas que incluso dejaron la vida por construir un sistema más justo. Abigail Arredondo lo pone sobre la mesa en un momento simbólico, donde el reconocimiento a quienes abrieron camino se vuelve inevitable. Lo que hoy se decide no es menor. Es si se respeta ese legado o se desmantela pieza por pieza. Y el costo, como siempre, lo termina pagando el país.
