Abigail Arredondo advierte que el “chapulineo” legislativo no es una anécdota política, sino un mecanismo que distorsiona mayorías y debilita el equilibrio democrático desde dentro.
Las reglas del juego democrático no siempre se rompen de frente; a veces se doblan en silencio. En medio de un escenario político marcado por la polarización y la desconfianza, hay movimientos que no pasan por las urnas pero terminan definiendo el poder. Es ahí donde empieza la tensión real: cuando las mayorías ya no reflejan necesariamente la voluntad ciudadana, sino decisiones tomadas dentro del propio sistema.
En ese contexto, Abigail Arredondo, diputada federal y presidenta estatal del PRI en Querétaro, ha colocado el tema en el centro del debate al advertir que prácticas como el “chapulineo” legislativo alteran la representación política. Su postura no se limita a la crítica, sino que plantea una lectura de fondo: cuando un legislador cambia de bancada sin regresar al electorado, no solo se mueve una curul, se modifica el equilibrio completo del Congreso.
La discusión, sin embargo, va más allá de un cambio individual. Lo que está en juego es la arquitectura del poder. Porque cuando esas decisiones se acumulan, pueden traducirse en mayorías calificadas que no fueron construidas en las urnas. Y ahí la democracia deja de ser un reflejo directo de la ciudadanía para convertirse en un espacio donde las reglas pueden reinterpretarse según la conveniencia política.
Arredondo sostiene que este tipo de prácticas no solo erosionan la confianza, sino que también rompen los contrapesos necesarios en cualquier sistema democrático. En su lectura, el problema no es únicamente legal, sino ético y estructural: permitir que se reconfiguren mayorías sin respaldo ciudadano abre la puerta a decisiones unilaterales y a una concentración de poder que difícilmente encuentra límites.
En un entorno donde la política enfrenta un desgaste creciente frente a la sociedad, este tipo de señales no pasan desapercibidas. Porque al final, más allá de discursos o narrativas, lo que se pone en duda es quién decide realmente el rumbo del país. Y ahí es donde empieza lo serio.
